En Sinaloa, la realidad contemporánea se asemeja a esos melodramas radiofónicos del siglo pasado, donde cada capítulo terminaba con una pregunta intrigante: ¿Cómo llegará el lobo? ¿Matarán al Ojo de Vidrio? ¿Morirá don Isidro? (Esta pregunta es para los de Guasave). Hoy, en nuestra tierra, la gran interrogante flota en el aire: ¿Regresará Rubén Rocha?
El gobernador desaparecido, ausente sin explicación, ha dejado un vacío inquietante que resuena con ecos de historias pasadas como las fugas de Agapito Treviño o las aventuras de Chucho el Roto. Lo que antes era ficción ahora se funde con la cruda realidad sinaloense. Dos semanas le restan de estas vacaciones no oficiales y ese tiempo va a trascender entre en rumores y especulaciones, mientras la fecha del primero de julio se acerca inexorablemente, marcando el límite para un regreso esperado y necesario.
Esta ausencia de liderazgo no es mera anécdota; es la gestación de un caos silencioso donde impera la ley del más fuerte, o mejor dicho, la del ratón en ausencia del gato. La frase popular refleja un fenómeno preocupante: en los despachos públicos, cada quien hace lo que quiere, y la sociedad percibe que nada se resuelve en casa. La sensación colectiva es que todo debe atenderse desde la capital del país, como si Sinaloa fuera una mera extensión periférica y no un actor con voz propia.
Esta resignación creciente hace que algunos volteen hacia la presidenta Claudia Sheinbaum, implorando su intervención ante problemas que ya requieren urgencia: desde la economía hasta la inseguridad, pasando por la crisis financiera de la UAS, agravada por la dejadez simultánea de la SEP. No es casualidad que la paciencia haya tocado fondo, porque cuando la impotencia se vuelve sentimiento común, la demanda de respuestas y soluciones inmediatas se convierte en clamor.
Pero no es solo cuestión de ausencia física del mandatario o incompetencia administrativa. Estamos ante la descomposición interna de Morena en Sinaloa, esa fuerza política que, bajo la sombra del rochismo, se halla fracturada y enfrentada. «Ya murieron los huesos del rochismo», dicen unos, mientras otros que ahora se intentan alejar del rochismo denominandose izquierdistas planean la sucesión interna como si se disputara un trono invisible. La cocina política hierve y el relevo se convierte en un espectáculo que distrae de las verdaderas necesidades ciudadanas.
Este problema no es exclusivamente local: está atrapado en el marco más amplio de la relación con Estados Unidos, cuyo rumbo es incierto y condiciona el futuro inmediato. Las negociaciones del T-MEC y la temporada mundialista son excusas temporales que retrasan cualquier pronunciamiento oficial y prolongan la sombra de incertidumbre sobre Sinaloa. Así, hasta mediados de julio parece que la espera será interminable.
¿Qué escenario se abre si la situación no se resuelve para entonces? Un vacío de poder tan palpable como dañino seguirá socavando a la sociedad y al gobierno. El posible retorno de Rocha Moya, y la llegada de un delegado que coordine los trabajos previos a la campaña electoral de Morena y las tensiones internas serán ingredientes de una telaraña donde los intereses conflictivos se enredan más y más. La UAS enfrentará su crisis financiera con la SEP desatendiendo sus compromisos, y los productores agrícolas –especialmente los de maíz– corren riesgo de que los acuerdos queden en papel mojado. La fragmentación y el descuido se multiplican, apuntalando la desesperanza.
Sin embargo, en el fondo de este entramado, la clave yace en la determinación del gobierno estadounidense. Si no se alcanza un acuerdo diplomático y económico satisfactorio, cualquier esfuerzo local será vano frente a las presiones externas y los condicionamientos internacionales. La maraña sinaloense es compleja, sí, pero también está atada a decisiones que trascienden fronteras y que pueden definir el destino de la entidad en las próximas semanas.
En definitiva, esta incertidumbre prolongada pone en jaque a Sinaloa y exige que quienes tienen la responsabilidad actúen con urgencia, claridad y compromiso. Porque no podemos seguir viviendo como en las radionovelas del pasado, anhelando respuestas que sólo llegan con la última palabra del narrador. La ciudadanía merece certezas y un gobierno presente, no relatos inconclusos ni silencios que alimentan la inquietud y el desencanto. ¿Regresará? Esa es la pregunta, pero más importante es que el gobierno y las instituciones vuelvan a estar, simples y llanas, al servicio del pueblo.