Quién sabe cuántos días más permanecerá Geraldine Bonilla como gobernadora interina. ¿Será antes el nacimiento de su hijo lo que marque el final de su mandato temporal? ¿O acaso serán los 60 días que establece el tratado de extradición entre México y Estados Unidos para concluir los expedientes sobre el gobernador con licencia Rubén Rocha? Lo cierto es que, mientras se espera, Rocha ha sido casi borrado del escenario público oficial. Ya nadie parece pronunciar siquiera su nombre; ha sido desplazado al olvido, al margen de cualquier propaganda o comentario gubernamental. Como si la Cuarta Transformación, ese proyecto monumental que se había opuesto frontalmente a este proceso por parte de la justicia norteamericana, hubiera decidido pasar la página con un acto de amnesia colectiva. Y lo más paradójico: que la propia presidenta Sheinbaum haya tomado distancia, dejando en suspenso ese compromiso que una vez celebró.
Este silencio sepulcral no responde solo a una estrategia política circunstancial; revela la desmemoria y la incongruencia de un movimiento que nació precisamente para enfrentar el autoritarismo y la impunidad. Morena y la 4T, con todos sus morenistas, parecen haber abandonado a Rocha a su suerte, como si fuera culpable por definición, sin necesidad de juicio ni proceso claro. La Fiscalía General de la República, institución subordinada absolutamente a la presidenta Claudia Sheinbaum, lleva a cabo investigaciones que pocos conocen en detalle. De los diez involucrados, únicamente cinco han comparecido voluntariamente ante el ministerio público; de los otros cinco, ni rastro. Pero ni la sociedad ni los propios militantes tienen información concreta sobre el estatus real de la indagatoria: si avanza, si está estancada, si será un simple paréntesis eventual o un cierre definitivo. La opacidad es absoluta y pesa, como una sentencia anticipada.
Fue revelador observar cómo en ese acto nacional del 31 de mayo convocado por la presidenta Claudia Sheinbaum, y encabezado aquí en Sinaloa por la gobernadora interina en la explanada del Palacio de Gobierno, en medio de tanta gente se dejó una imagen emblemática: El Ing. Enrique Rangel, amigo inseparable de Rubén Rocha durante más de cuarenta años, apareció con rostro mustio y una actitud estoica con una cachucha que portaba con orgullo el mensaje “Rubén Rocha, gobernador”. El ingeniero Rangel, «Toto», para sus amigos, de una manera sutil pero contundente los vino a encarar a todos los funcionarios presentes en esa plaza pública, preguntándoles con la mirada: ¿Y su amistad con Rubén Rocha? ¿Y su lealtad? ¿Dónde quedó?».
Era la foto de una lealtad inquebrantable, de una amistad que se niega a morir, a pesar de las tormentas políticas. En contraste, reina el olvido entre muchos morenistas, que incluso niegan su relación con Rocha. La diputada federal Graciela Domínguez Nava, por ejemplo, negó ser rochista en una entrevista, como si negar esa identidad fuera necesario para avanzar en su carrera política. Pero ¿qué es esto sino renegar de sus raíces y del grupo político que la impulsó hasta llevarla a donde se encuentra actualmente? Es la amnesia deliberada de quienes prefieren mirar hacia otro lado, borrar del mapa político a Rocha para no ensuciarse con una posible caída.
La escena recuerda inevitablemente a la traición de Pedro en el Evangelio, que negó a Cristo tres veces para salvarse. Hoy, esos “rochistas de hueso colorado” se convierten en apóstoles de la negación, volteando la espalda a quien fue su líder, a quien les tendió la mano. Esta actitud indolente, fría, es quizás el reflejo más claro de la fragilidad de las lealtades políticas en tiempos de crisis. Porque, como dice el viejo refrán, en la cárcel y en la cama del hospital se conoce a los verdaderos amigos. Y Rocha, preso de la incertidumbre, ha descubierto que los suyos son pocos y que los intereses muchas veces pesan más que la camaradería y la justicia.
Pero no todo está dicho. Los próximos días podrían traer sorpresas inesperadas. Hay rumores insistentes, comentados en pasillos y cafés, que apuntan a un posible regreso de Rubén Rocha a la gubernatura. Si esa posibilidad se concreta, varios tendrán que hacer las maletas, mientras otros cancelarán sus planes electorales. El tablero se mueve y quien parecía olvidado puede volver a ser pieza clave. En política, como en la vida misma, nada es definitivo; hoy estás fuera y mañana podrías estar de nuevo en el centro del escenario.
Así, la historia de Rocha es la crónica triste y ambigua de un tiempo donde las lealtades se ponen a prueba, donde la memoria política se fragmenta. Mientras tanto, Geraldine Bonilla seguirá al frente, y el reloj avanzará, a la espera de que alguien finalmente diga qué destino le espera al gobernador con licencia y a su propio movimiento.