En el trabajo, durante un receso en Radio UAS, el maestro Willy Escobar, Jorge Ramos y un servidor nos pusimos a pensar en voz alta sobre la crisis que atraviesa el gobierno de Sinaloa. La gran pregunta rondaba: ¿volverá el gobernador Rubén Rocha a su cargo? ¿O habrá un sustituto definitivo? Al final, llegamos a una conclusión que podría sonar a agua de limón con sal (esa que pica pero refresca): no importa cómo quede legalmente la situación del gobernador, es más probable que regrese para pasar la estafeta a alguien más. Porque seamos honestos, el desgaste ha sido tan evidente que lo único que queda es darle un giro de timón al barco sinaloense.
Luego de poner sobre la mesa varios nombres, el maestro Willy lanzó su cartucho ganador: Feliciano Castro, ese alfil que está en la Secretaría de Economía. Y no somos pocos los que coincidimos con él; Jorge y yo pensamos que Feliciano es el tipo del perfil idóneo por trayectoria, experiencia y porque encajaría perfecto con la visión de Rubén Rocha y la Cuarta Transformación. No es cualquier cosa, señores, hablamos de alguien que podría agarrar la batuta y marcar el ritmo sin perder el compás.
Ahora bien, si esto llegara a pasar, el emergente gobierno sinaloense tendría el reto de deshacer un nudo de problemas que parece tejido con hilo de hierro. Hablamos de un cóctel explosivo digno de una película de acción: crisis agropecuaria, inseguridad rampante y una universidad que amenaza con ser bomba social por sus problemas financieros.
Primero, la crisis en el campo, que no es poca cosa, porque septiembre y diciembre están a la vuelta de la esquina con la firma del capítulo agropecuario en el T-MEC. Luego, la inseguridad y violencia, que no solo hay que apagar, sino encender un programa social y económico urgente que vaya sellando grietas mientras comienza a reconstruir la economía local. Y por si fuera poco, la Universidad Autónoma de Sinaloa —que debería ser motivo de orgullo— está en riesgo de convertirse en una bomba de tiempo si no se controla el gasto y se canalizan bien las necesidades.
Por supuesto, la pesca y la ganadería no son temas de segundo plano; pueden parecer menos urgentes, pero, sin solución, podrían volver a prender la mecha. En conjunto, estas crisis forman un paquete pesado que exige velocidad, ausencia de fracturas internas y mucha mano firme para negociar con el gobierno federal. No es tarea para cualquiera; se necesita un operativo relámpago con mucha fuerza y visión para evitar que todo se politice y termine en un caos justo antes de las elecciones.
Si alguien cree que todo se va a arreglar solo y que la “normalidad” —esa que lleva casi dos años sin aparecer— regresará sin más, está viviendo en un mundo de fantasía. El panorama demanda un cambio radical, sea cual sea el rumbo que tomen las decisiones nacionales o los acuerdos con Estados Unidos.
Sinaloa está en un punto donde necesita un gobierno fresco, sin fracturas, pero sin continuismos absurdos. No es cuestión de mantener el barco a flote con parches; se requiere un viraje fuerte, la decisión de romper con lo viejo y darle paso a un nuevo rumbo, aunque eso implique incertidumbre. Porque quedarse igual, honestamente, ya no es opción.