Si algo ha dejado claro Rubén Rocha Moya en su desempeño como gobernador, es que la política es un arte del disfraz y la contradicción. Este domingo, alguien tuvo la audacia de dibujar su perfil, y aunque seguro se creía un virtuoso pintor de realidades, lo que emergió de su paleta fue un retrato sombrío, uno que se resumo en una frase: buen candidato y pésimo gobernante.
La historia de cómo llegó al poder es digna de un guion de tragedia griega. Con más de 600,000 votos, logró un triunfo rotundo, un hito en nuestra historia sinaloense que, en vez de dar paso a un demócrata, nos obsequió un autócrata empecinado en transformar sus promesas en cenizas. Su campaña, vibrante y llena de esperanza, parecía un billete de lotería que ahora resulta ser un papel arrugado en el fondo de un cajón, lejos de la posibilidad de redención.
Desde su llegada al poder, Rubén Rocha hizo trizas los acuerdos con aquellos que, como él, alguna vez soñaron con el cambio. Despojado de sus ideales y abrazando el garrote, no se atrevió a enfrentarse a sus enemigos; al contrario, extendió la mano hacia ellos, convirtiendo adversarios en aliados. ¿Quién diría, tras su discurso de campaña, que sus enemigos más feroces acabarían siendo sus mejores amigos? Se trató de un verdadero acto de prestidigitación política: quienes antes eran caricaturas de villanos ahora desfilaban como héroes en el partido Morena, como si el mero hecho de vestir ese color fuera suficiente para borrar los pecados de su pasado.
Las ilusiones rápidamente se desvanecieron; el poder lo transformó radicalmente. El ideario democrático que tanto parecía defender fue arrasado por un discurso cuentachiles centrado en un “primero los pobres” que, no obstante su retórica populista, olvida que la pobreza no se combate con retórica sino con acciones concretas. En este triste espectáculo, Rubén Rocha ha sido un fiel súbdito del poder presidencial, casi un devoto fanático que gira en torno a AMLO como un planetario alrededor de su estrella. La lealtad a su líder ha sido ciega, anula cualquier signo de disidencia que podría haber vislumbrado en su camino.
Y así, a lo largo de tres largos años, ha seguido las órdenes del presidente sin la más mínima sombra de rebeldía. Él, que prometió transparencias y cambios, ha terminado por convertirse en un engranaje más del sistema que tanto detestaba. Su lealto con la democracia ha sido un calvario en el que el único sacrificio ha sido el de los ideales y principios que juró defender.
En este viacrucis, no solo él, sino todos los que lo acompañaron han sellado su destino en la historia. Las elecciones de Estado, esos fraudes patrióticos que tanto criticaron, ahora quedan minimizados bajo el lema «por el pueblo todo se vale». Un mantra que no es más que un escudo para encubrir la corrupción y el fracaso administrativo que han caracterizado su gestión.
Lamentablemente, mientras Sinaloa esperaba un cambio, lo único que realmente aprendió Rocha fue a perpetrar el mismo sistema que decía querer desmantelar. Un sistema que hoy nos recuerda que, en la política como en el arte, las máscaras pueden ser muy efectivas para ocultar una realidad que resulta ser mucho más dantesca de lo que se podría imaginar. Así, en este escenario, la crítica mordaz y ácida queda reservada para aquellos que aún creen que el poder es un fin en sí mismo, olvidando que debería ser un medio para el servicio público. ¡Qué pena!