Como si fuera un carnaval, los aspirantes de la 4T a coordinadores de la alianza electoral encabezada por Morena en Sinaloa y otros dieciséis estados desfilan con la uniformidad impuesta de un carrusel de soldaditos de plomo. Todos visten igual, muestran los mismos gestos y pronuncian idénticas palabras huecas. Su discurso carece de espíritu crítico hacia el pasado y de visión para el futuro; solo se repite el mantra monótono: “vamos bien y nos irá mejor”. Esta coreografía de la propaganda electoral no es sino la puesta en escena de una campaña adelantada —clara violación a la Constitución y las leyes electorales— que persigue no otra cosa que fraguar una elección de Estado consentida desde la más alta corte y donde el control de la competencia política se vuelve mero trámite.
No pocos de estos aspirantes ignoran qué es realmente una elección de Estado. Marchan dóciles como soldaditos de plomo, acompañados de auténticos tiburones políticos que simulan inocencia y se ufanan de purificados por el mesías político, cuando en realidad han levantado un régimen autocrático que roza la monarquía. Han demolido el sistema democrático de pesos y contrapesos que durante años equilibró la vida política nacional. Ahora, con el aval de esos tiburones eternizados en el gobierno de la 4T, hacen y deshacen a su antojo, empeñados únicamente en perpetuarse en el poder. Lo demás les importa poco o nada.
El país paga un precio altísimo: un crecimiento anual promedio del 1% en ocho años ha ido acompañado de la duplicación de la deuda pública, de 10 a 20 billones de pesos, y de un déficit fiscal permanente del 15%. Todo esto, sin mencionar la crisis económica que se avecina y cuya gravedad apenas comienza a asomarse, mientras la economía depende cada vez más del sector privado en detrimento de sectores sociales fundamentales como la agricultura, el pequeño comercio y la educación.
Estos problemas estructurales reflejan la incompetencia de los gobiernos de la 4T quienes hoy controlan la Corte y el gobierno, pero hay asuntos aún más ominosos: el narcotráfico, la inseguridad y la violencia, fenómenos que fueron sencillamente abandonados bajo la pérfida lógica de la asociación. En paralelo, florecen los negocios turbios de burócratas y políticos: desde obras públicas sobrefacturadas sin licitación, pasando por moches descarados, hasta contratos millonarios para medicamentos e insumos de programas sociales como Segalmex. La corrupción se normaliza, mientras se proclama una moral pública inexistente.
En ese extraño cardumen que forman los aspirantes a la coordinación de la 4T en Sinaloa no nadan solo charales; allí también abundan tiburones—Imelda Castro, Feliciano Castro, Graciela Domínguez y Terra Guerra— que conocen perfectamente la obra que han construido y el montaje farsesco que significa todo este circo. Prefieren cerrar los ojos y continuar la farsa, indiferentes al rumbo catastrófico hacia el cual la 4T lleva al país, pues creen que, al fin de cuentas, algo les tocará en la repartición del botín.
Lo peor después del circo y la vulgar repartición del poder que vienen operando desde hace tiempo es perder de vista los retos y oportunidades que plantea el reacomodo geopolítico y económico mundial. La 4T ha marginado a México de este proceso crucial, en el que incluso ha confrontado abiertamente a su socio principal: Estados Unidos. Se apuesta por un nacionalismo simplón, carente de reflexión, que desprecia la profunda metamorfosis que atraviesa nuestro vecino del norte, la cual obligará a México a cambiar mucho y aceleradamente. Pero no se advierte tal comprensión; estamos cegados.
Da pena ver estos espectáculos de pasarela política cuando lo urgente sería observar con mirada lúcida el mundo que se despliega ante nosotros y preparar al país para lo que viene. En fin, parece que el verdadero carnaval no está en las calles ni en los mítines, sino en esta función grotesca donde todos actúan sin libre albedrío, consumidos por la triste comedia del poder que se repite una y otra vez.