Derechos humanos, 70 años.

columna oscar loza ochoa

Esos momentos decisivos 

en que todo parece estar en tela de juicio.

Maurice Blanchot

 

50 millones de víctimas de la II Guerra Mundial vuelven a tomar cuerpo ante el LXX aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Ellos fueron la cuota social que se pagó para que la conciencia sobre el tema sentara sus reales. No sería el único costo, pues los conflictos de Corea y las guerras anticoloniales de Vietnam, África, Asia y América, demandaron mucha sangre en las décadas posteriores. Y las vidas que el hambre, las enfermedades prevenibles y curables cobraron, también llenan un espacio importante en ese esfuerzo permanente, sacrificado por hacer valer los principios de los derechos humanos.

Aunque en México se formaron algunos organismos que formalmente promovían la cultura de derechos humanos desde 1948, en realidad el trabajo de defensa y promoción de los mismos con los afanes de las madres con hijos desaparecidos, donde doña Rosario Ibarra de Piedra tiene un papel muy destacado en ello. Sus búsquedas y protestas en la ciudad de Monterrey primero (1973) y en todo el país después, dieron cuerpo al movimiento por la Amnistía de los presos, perseguidos, desaparecidos y exiliados políticos. Hay una deuda histórica con ella y el Comité Eureka, que dieron sentido al primer gran movimiento de derechos humanos.

Conquistas de esos años de lucha es la Ley de Amnistía General de 1978 que hizo posible la libertad de los presos políticos, el cese de la persecución de cientos de luchadores sociales, el regreso de los exiliados y la presentación de decenas de desaparecidos. Es cierto que en este último renglón quedó una herida abierta: muchos desaparecidos que no regresaron con sus familias, a pesar de que se contaban con valiosos y precisos testimonios acerca del paradero de varios de ellos. La Ley fue parte de la Reforma política y a pesar de sus limitaciones en materia de desaparición forzada, permitió la gobernanza del país por el término de casi tres décadas.

 

Como parte de la cuota humana que se ha pagado  por la vigencia de la Declaración Universal de Derechos Humanos, está el asesinato de más de 100 defensores de esta cultura en lo que va del presente Siglo. Destacando entre esas dolorosas pérdidas la de Jesús Michel en 1987; Norma Corona en 1990, cuya muerte detonó la creación de la CNDH y el Sistema nacional de protección a los derechos humanos; Jorge Aguirre en 1999 y Sandra Luz Hernández en 2014. 

 

Nunca faltaron los enemigos declarados de los derechos humanos dentro y fuera del gobierno, sobre todo de las áreas más sensibles al tema. Tampoco faltan ahora y siguen moviendo dinero, relaciones e influencias en campañas que pretenden echar humo sobre asuntos relevantes en la materia o de plano desprestigiar al movimiento de derechos humanos y a sus activistas.

 

Por fortuna la cultura de derechos humanos ha arraigado en amplias capas de la población mexicana, sobre todo de clase media y estratos vulnerables; esa es la mejor garantía para que florezca esa cultura y para que de presentarse violaciones a sus derechos, no duden en denunciarles y reclamar la reparación del daño.

 

En las últimas décadas la violencia, cuyas fuentes se originan en el Estado o en grupos de intereses privados, que pueden ser crimen organizado o de cuello blanco, ha puesto énfasis en tres renglones: homicidios (que rebasaron el cuarto de millón de víctimas en 12 años), desplazados (cuya dimensión no es menor de un millón 500 mil), y desaparecidos que ya rondan los 40 mil. La violencia toca también otras cosas que vuelve más complicada la vida urbana y rural, empezando por el ejercicio de las libertades.

 

Nunca como ahora los intereses privados se entrometen hasta el último recoveco de los espacios económicos, políticos, sociales y ambientales, poniendo en riesgo no sólo la civilización humana, sino la vida en el planeta. Nunca como ahora urge movilizar a la humanidad para redimensionar la cultura de los derechos humanos. Las cosas han llegado a un punto crucial en que  debemos optar por ganancias para el pequeño grupo depredador de multimillonarios o por el bienestar social, lo que equivale a ser rehenes de la barbarie o forjadores de la civilización que salvará la humanidad y al planeta. Fortalezcamos la cultura de los derechos humanos, en el LXX aniversario de la Declaración Universal. Vale.

 

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